domingo, 3 de diciembre de 2017

Lo que siente el corazón sin emoción.

Acabo de llegar de comer en casa de mis dos hermanas mayores, una de ellas, la segunda, mi madrina Toña. Las llamo las Lolas para abreviar, porque ésta es la que lleva ahora el cotarro o mando, al estar la otra casi sin visión y con una diabetes de mil diablos.
Muchos de vosotros me habéis oído hablar de ellas, pues han marcado mi vida...y la de toda mi familia. Primero la infancia, al ser nueve hermanos y andar mi madre  muy atareada, contaba con su ayuda y luego, porque su carácter estricto y cerrado, que no falto de afecto a ratos, hizo de mí una adolescente rebelde y más tarde, con la apertura tras la muerte de Franco, mi juventud se abrió a mil mundos que ellas no compartían...o mejor aún rechazaban, provocando un alejamiento profundo que duró hasta el 2006, cuando nos dejó nuestra madre Aurelia.

Once años llevo yendo a comer con ellas los domingos, un día en familia. Ahora ya octogenarias, es un domingo de vez en cuando. Pero por mucho que no pensemos igual, que incluso no hayan querido conocer a Félix por no estar casados, o que políticamente estemos en las antípodas...todo eso y mucho más, no ha podido con el corazón que desde siempre nos ha unido entre las hermanas.

Pasado el tiempo, la dependencia emocional que buscaba reconocimiento y valoración, ha dado paso al gusto de estar un rato juntas en familia. Salga como salga, ahí están los mismos platos de siempre en casa y que mi madre tan bien cocinaba, las mismas expresiones al hablar, los mismos referentes familiares; sé que para ellas  el tenerme ahí es importante, tanto como para mí el ir.
Seguimos así un hilo que viene de muchos años, que nada tiene que ver con opciones de vida ni opiniones. Sencillamente estamos; eso es suficiente para reforzar el vínculo de siempre, aquél de los buenos ratos compartidos en familia durante los años en los que crecimos juntos.

Inesperadamente, hoy tuve necesidad de sentarme de nuevo en la cocina y tomarme un café con sus galletitas. Era la excusa para no irme aún y verlas trajinar con el fregado de platos y barrido de suelo, no les gusta que las ayude. La forma de meterme en el cuadro familiar de siempre. Hace unos meses aún me echaba en el sofá y dormía una siesta larga, rodeada de fotos y con el tic-tac del reloj de pared de fondo.
Pero ahora aligero y las dejo en paz, que descansen.

martes, 21 de noviembre de 2017

OFICIOS DE ANTES

Ayer noche me dijo Félix en la cocina que el cuchillo japonés necesitaba afilarse, que lo bajaría al bar. Este hombre se fija en cosas en las  que yo -reciente ama de casa a tiempo completo- no caigo ni en broma.

Hoy, estando en la terraza al sol he oído abajo -es un pasaje- la melodía afinada del afilador de siempre, aquél que con su carrillo, ahora ya una motoreta cascada, se paseaba por las  calles de mi infancia silbando...¡el afilador! decía,  y ¡cómo me gustaba sobretodo oirlo! 
Me ha faltado tiempo para bajar con el cuchillo envuelto en papel de periódico (dónde se mete hoy algo tan único) y ahí estaba el hombre, ya mayor, refugiado bajo un árbol pimentero enorme con su gorrilla intentando que el aparato se pusiera en marcha.Y nada.
Me desplacé algo más abajo, buscando el sol de nuevo, y esperé el cambio de bujías, lento y sinuoso. Nada tampoco.

Me acerco al fin al afilador para pegar la hebra y darle apoyo psicológico:
-Qué, tiene su tiempo el aparato, ¿no?
-¡Qué va! soy yo más viejo que él.
El portero de al lado -un mirón de solemnidad- sonríe conmigo. Callamos.
Y el otro dale que dale al cambio de bujías. Las limpia, saca la llave inglesa...toquetea alguna tuerca. Se esfuerza con pocas ganas...y no me extraña, pues está claro que el trasto no reacciona.
Al poco, decidimos que mañana vuelve ya con el motor compuesto.  Se despide sin mayores aspavientos y se va calle abajo triscando, a lo lejos dobla la esquina y lo pierdo.

Todo esto me conmueve. De pronto veo a otro operario que chupa cuesta con una maletilla de herramientas,  es mayor también. Miro a lo lejos al hombre que cuida el garaje con casi treinta años de servicio a cuestas. Oigo albañiles picando taladro arriba en los pisos, incómodos, ruidosos, desagradables bichos estos y me pregunto por tanta gente anónima y sencilla, que se gana bien o peor la vida en oficios  con tan poco valor social. Mujeres de la limpieza, cuidadores de ancianos...gentes discretas,  amables, desubicadas, muchos venidos de fuera, familias lejos al cargo etc etc.

 Desde mi terraza chica, el día se aquieta. Mi calle sigue a su ritmo la vida.
Mañana será otro día, como mi madre decía.



jueves, 16 de noviembre de 2017

Córdoba, la ciudad a mano

¡Ah, las ciudades chicas con sus jardines y paseos amplios tan cercanos! En ellas el tránsito de coches no diluye su encanto, sino que se hace sonido de agua, como río que se deja llevar ensimismado.







Córdoba sultana despierta en cada amanecer de piedra antigua alrededor de su Mezquita. Pasos adoquinados la rodean mientras el sol aún tibio de luz brilla sobre el metal de sus altivas puertas y los arquillos moros en lo alto dibujan en tu mente nuevos espacios. Todo se ensancha en Córdoba, todo aboca al agua mansa del enorme río, Guadalquivir hermano, las callejas mismas del barrio antiguo son como afluentes blancos yendo a abrazarlo.

Ciudades a mano del corazón humano, en las que la distancia no es un obstáculo, sino un paseo ameno bajo los árboles, entre los patios, sentada en algún banco mirando, perdida en su silencio o inundada del ajetreo diario, sintiendo el aire limpio de un cielo nítido capotando tu alma como manto de Virgen de sonrisa romana.

Córdoba, capital del Al.andalus que reinó en la península durante siglos y dejó su huella indescifrable en esta ciudad de una elegancia entrañable.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

DENTRO. En los jardines del Alcázar. Córdoba




Estoy sentada aquí  entre esta belleza,  mientras siento lo efímero  de este momento y esta dicha dentro se transforma en un sordo sufrimiento.
¡Es inabarcable este momento!

La dicha vive y pasa, pero tú la deseas y quieres retenerla en una foto, un escrito, un dibujo...
Y es entonces, en esta necesidad de alargar la dicha, cuando sabes que la belleza por ser bella vuela, se escapa, es libre...y que es justo por eso que enamora.
Ella te adentra en el VACÍO natural de la existencia y en ese instante huidizo, salva.

Belleza da la libertad del aire que ahora aquí respiro.


sábado, 27 de mayo de 2017

Historias de la pata coja-2

Hoy 27 de mayo me he bañado de cabeza en el mar por prinera vez este año. Ha sido en la enorme playa de mi  infancia, Castelldefels.

La noticia es enorme para Isabel, porque por primera vez también tras la caída me he sentido libre, libre como yo sé. Soñadora y alegre.

Pisar la arena en un día de sol bañado de un viento tan agradable...y poder zambullirme sin contemplaciones para notar el agua de niña, sus olas pequeñas, redondas, tan entrañables y ese azul de cielo en el horizonte. Nadar sin rumbo.
Que alguien lo explique.
Es inexplicable.
Caminar al fin, la arena sin más. Bordear la orilla y estar.
Luego la tumbona, el pelo revuelto, el cuerpo disteso y a gusto.
Un reencuentro.
De nuevo el sol.

Y para festejarlo, su chiringuito. Miraba a la gente, algunos tan diferentes, pero todos buscando ese rato de luz, de ilusión, amoroso.
Oía la musica llevando el ritmo dentro. Mi caña a buen  tono y el mar en el fondo.

Qué dicha sencilla cuando tienes todo!

jueves, 18 de mayo de 2017

HISTORIAS de la PATA COJA

Pues sí señor, vengo yo pensando al bajar con mi muleta del bus -lo tomo por primera vez en  mes y medio- que semejante al submundo diminuto de las hormigas es éste de los cojos, al que ahora orgullosa pertenezco.

Mundo oculto cual hormiga el de los cojos para muchos, que corren ajetreados. No nos ven y si lo hacen pasan de acera para dejarte sitio o se inventan la pirueta para esquivarte y acelerar a ser posible el paso. No te miran en realidad, sencillamente van a otra velocidad.
Mundo semejante al de las hormigas, pequeñas y pegadas a la tierra como  palos de bastón o de muleta.
Mundo resistente el nuestro del cojo, tenaz y aventurero. Porque es una aventura caminar despacio en medio del asfalto y a contrapelo. A según qué hora los tumultuosos estudiantes , los niños chicos...los perros, se te pueden liar graciosamente en tu tobillo o en un semáforo ser simplemente  arrasada por una pequeña avalancha de gente que a  zancadas -muchas en tremendos tacones de vértigo- te dejan atrás en un segundo mientras tú remas y remas en busca de la otra orilla aferrada a tus muletas.
Indispensable  mirar antes de echarte a andar. Fijar la vista en los pies y con una  mirada olística ocupar con tacto y  prudencia el espacio que te rodea. Hacerte el hueco siendo uno más.  Calcular el paso es ganarlo.

Hormigas los cojos por la cantidad también. En siete días de ir caminando a la recuperación de mi barrio me habré cruzado con más cojos que pudiera nunca haberme imaginado. Cojos de dos muletas o de una sola, de bastón con edad o con silla de rueda manual o eléctrica. Cojos solitos la mayoría, algunos  de lujo bien acompañados.
Muletas de color rojo, azules o las de toda la vida como la mía. Cojos de todas las edades y condiciones. La mayoría serios, reconcentrados y preocupados siguiendo el paso.

Y ¿qué podía hacer yo para sobrellevarlo? Pues hablarlo. Es lo mío, entablar un diálogo. Comunicarnos.
Y cojo al cojo y lo abordo despacio, le pongo el dulce de la atención, del existir su dolor y su hartura. Ahí, en plena calle, sin más. Y hablamos.
¿Cómo va?  No ha habido uno que se me resista. Me cuentan su historia...algunas tremendas. Aprendo de centrifugados de sangre para  huesos de dolor imposible, de sillas de ruedas eléctricas que parecen un Mercedes o un todoterreno,  de muletas plegables, de cojeras que vienen incluso de cervicales. De llantos callados.
Pero sobre todo me siento dichosa de darles un ánimo, de no vernos solos por ahí  pululando.
¡La comunidad de hormigas sigue funcionando!

jueves, 20 de abril de 2017

Caida

Te caes y de golpe la realidad pura y dura entra en tu vida. Siempre ha estado ahí, otras veces la has vivido, pero tus sueños la han ido diluyendo. Construimos mundos amables, nos relacionamos desde el aprecio o cariño, soñamos sueños de amor que nos den cobijo. Vamos así de alguna forma juntos protegiéndonos.

Pero te caes y en ese instante eres totalmente consciente de  la realidad real sin miramientos; despiertas de golpe del sueño y te sabes sola y  pequeña, indefensa, dolida y tirada en el suelo. Es un segundo. Soñabas hace un momento, alada y airosa, animándote a seguir con pie seguro la ruta de tu camino. En él están los tuyos formando parte del grueso de tus sueños.

Somos solos y al caer esa verdad te deja contra el suelo. Pero te alzas -cuántas veces ya lo has hecho-  te recompones peluca y postizos, coges del alma los pedazos bien chicos y pides un taxi, mientras la sangre cálida rezuma desde la herida abierta de tu cuerpo.

Lentamente asumes tu papel de nuevo, aunque maltrecho,  y rehaces los datos de tu personalidad, aquello que te ha definido para no sentirte demasiado lejos o perdido. Te reafirmas así nada más llegar al hospital con tu carnet de identidad. Eres de nuevo.

Te fichan y esperas como un saco pesado entre otros muchos sacos que en silencio aguardan a ser también nombrados, recompuestos...y  al oir tu nombre e iniciar la cura, sabes que poco a poco te reharás del susto y su amargura, que poco a poco el dolor remitirá y que podrás volver a ser aquélla  con la que hilabas sueño de amor  y que es básico seguir haciéndolo.
Pero sabes también que ya nunca más serán lo mismo.

Sabes, por fin, que el golpe era salvífico, necesario y a la vez auténtico.
Y agradeces  esta oportunidad única de entrar en uno mismo y deshacer tus sueños.