miércoles, 9 de noviembre de 2016

SUEÑO DE AMOR. Francia y Alsacia

Viajar por Francia es un sueño, pues siempre la idealicé. Soy francófila de adopción y muy poco anglosajona, una lástima, porque Inglaterra tira...y Escocia es deliciosa, pero me educaron mirando a Francia y hasta ahora eso funciona. 

Este último viaje a Lyon, Colmar-corazón de Alsacia- y Estrasburgo ha supuesto un baño de ilusión. Estar en ciudades bañadas de ríos  caudalosos, enormes, colmados de espacios, de árboles a lo largo de sus márgenes, de paseos escuchando ese acento gutural y saltarín, amable del francés de calle y poder hablarlo algo mejor, encontrar breves diálogos, mezclarse en sus ritmos, su estilo de vida y  entre esa suave elegancia que sabe ser a la vez contenida y exacta...además de  expresiva...a mí me llena.

Y entonces vivo mi sueño, un sueño de amor a esa tierra que sabe cuidar de sí misma. Pueblos bellísimos, calmos, colmados de diferente riqueza. Pueblos cuidados con sus casas sencillas de colores vivos unos, otros dulces y apagados, desvaídos.  Repletos de flores. Alegres y señoriales, simples y delicados. Pueblos amados.

Mi sueño consiste en creer que ese amor tan lleno de perfección es posible...hasta que sé que sólo es sueño y despierto a esta realidad del amor tal cual, imperfecto y a veces solitario, apresurado, fugaz, oculta su belleza tras un velo de incomprensió a ratos por falta de expresarse.

Y por eso escribo y hago fotos. Para destaparlo.









martes, 20 de septiembre de 2016

La sombra como reflexión

Todos conocemos gente amiga o incluso familia,  que a su paso por nuestra vida ha instalado la distancia  al sentirse herido por nosotros.
 Años compartidos, momentos agradables, amorosos, ayuda mutua, valoraciones varias, un cariño compartido, alegrías durante los años juntos no han sido suficientes como para frenar esa brecha, que en un momento dado lo invade todo y penetra en el alma como una sombra.
El corazón así se oscurece y pide tiempo, espacio.

Reflexiono sobre la luz que toda sombra tiene, sino no existiría, y me pregunto cómo entre gente que se quiere puede llegarse a esa situación de silencio amargo. Justo a quien queremos lo apartamos, de quien estamos unidos huimos, nos distanciamos.

Bien curioso...luchamos contra nosotros mismos.

Mi experiencia me dice que el amor -si lo hubo-  permanece pase lo que pase. La luz está. Somos nosotros los que nos posicionamos armados de juicios y razones para taparla y así ir más cómodos sufriendo menos.
Y nos  lo creemos, creemos que el otro nos ha dolido, ha errado, no se ha portado bien con nosotros.
En realidad habría que preguntarse a uno mismo el porqué me duele esto o aquello y concretamente con éste o aquél,  para ir así desentrañando nuestra maraña emocional poco a poco.

No son los otros los que nos duelen, sino el dolor que ocultamos dentro.


Antonio de Requena, acuarelista.

viernes, 2 de septiembre de 2016

Lo alto. Montañas de agosto

Este verano subimos alto: Pirineos de Aragón y al final de mes, Moncayo. 

Cierro los ojos y puedo oler la altura de los baños de Panticosa, el pasto, las matas, las flores, los árboles...el agua por todos lados. Una sensación que me llevaba a mi adolescencia cuando acompañaba a mi padre a analizar las aguas de Bohí en Lleida. Alturas desconocidas entonces.

Ahora, después de caminar el Pirineo catalán con un grupo de universitarios durante la carrera, a lomos tiendas y mochilas de entonces con  peso pesado, y tras viajar luego otros años  en coche por recovecos llenos de frescor y encanto, puedo decir que conozco algo el sabor de esa altura, que este verano he probado
Recuerdo la subida al Aneto atravesando el fabuloso Parque Natural que le da paso. Dormir en el refugio de la Renclusa para atacarlo de madrugada y luego bajarlo por una pedrera enorme medio corriendo entre perros y niños, mientras te sentías en el cielo del mundo.
 También recuerdo, esto en otras salida de montaña de doce días de pico en pico desde Setcases hasta Aigüestortes, el momento en el que hube de atravesar la lengua de un glaciar...mientras el grupo me esperaba ya del otro lado. Unas simples chirucas, dieciocho kilos de peso a la espalda y muchas ganas de que aquello pasara. Y lo hice sin mirar abajo.




 Otros veranos arriba en lo alto,  las  nieblas inundaban de golpe  el espacio inmenso...los valles abajo, brújula en mano el grupo seguía al que iba en cabeza, callados, despacio. Luego, al montar las tiendas y meter los pies a remojo, la charla y comentarios eran un encanto.



 ¿Quién dijo miedo? Capaces de todo a los veinte años.

Y en éstas me vi en Panticosa, recordando tiempos...al dibujar la cascada que caía absoluta desde la altura. Cambiamos...¡y tanto! Ahora las sombras, las sillitas plegables frente al paisajes...y a pasar el rato.
Perdemos intensidad con los años, pero ganamos deleite, conciencia de estar donde estamos.

Cuando unas semanas más tarde me vi en el Moncayo, el placer de lo placentero y fácil me acompañó todo el rato. El trato entre amigos, la cordialidad y esas comidas tan ricas elaboradas a su ritmo en la cocina...el silencio de afuera y esos paseos al atardecer por diferentes caminos, al final siempre la montaña, señora y callada, ventosa y pacífica...quizá en el verano.
La casa, el pueblo, la gente tan maños..el ritmo despacio. Todo me empujaba a estar en lo alto, arriba, gozando.

Agosto de monte, amigo y hermano.

lunes, 25 de julio de 2016

Mi hogar también Mercadal.

Este verano sin comerlo ni beberlo me planté en Menorca  tres semanas. Era algo que cada año añoraba, pasar más tiempo en la isla.
Unos días antes de San Juan me dejé caer con mi amigo J. Antonio, amarrados al ancla de un barco y atracando en una madrugada de luna llena, limpia y espléndida, que coqueta saludaba a los cinco faros de sa illa.
Días de azul entre trigales y calas, pinedas, bosques de encinas, olivos y   el blanco espléndido de las casas. Dibujos de horizonte amplísimo de lomas chicas, dulces y redondas, acogedoras.

Pude además pasar sola una semana sin necesidad de más que el estar al ritmo de las horas

La casa chica, el patio, el pueblo diminuto y blanco, y sobre todo el campo. Salir a pasearlo y dejar caer el día degustándolo. Olor de brizna seca, amarilla de verano...el bosque cantado por los pájaros, a lo lejos ganado describiendo la dicha mientras iba mirándolo. Blancos de lomo los muros de piedras perennes de años. El rito del andar en silencio y a solas, sin más afán que el seguir caminando. Dejarse ir al fin, la mente quieta, el alma en paz.

 Agradeciendo estar ahí, sin más necesidad que sentir esa pura levedad del día que se va y tú con él...tomada por el viento suave y ese azul intenso, oscuro, que se funde con el montecillo en la raya de infinito.

martes, 31 de mayo de 2016

Bajo la lluvia

Empezaba a llover en el balcón de casa y justo he aprovechado para salir a la calle y darme una vuelta. Al cabo de poco he recalado en un parque junto a mi casa, La Tamarita. Allí he hallado el silencio y la calma...no había nadie, ni niños chillando y corriendo ni madres de charla, encantadas.

Todo era espacio, todo era el verdor de los árboles, la hierba y las plantas. Me metí al fondo y un camino de plátanos me acompañaba. La lluvia arreciaba, paraguas en ristre la sorteaba. Y en lo hondo, en el centro de una explanada, encontré un tilo, que estaba llenito de tila nueva  y mansa.
Sin pensarlo dos veces, cerré paraguas y me cobijé debajo. Pegaba fuerte encima el agua...pero ni una gota me entraba. Piaban los pájaros y de pronto apareció una paloma sola, que lentamente se me acercaba. Qué bien me caen las palomas.

Ella y yo solas y en silencio. Y me vino al alma mi sobrina Paloma, que murió hace años volando en parapente en los Alpes. Hoy es su aniversario, precisamente. Coincidencias, presencias, realidades para quien las ve y las vive.
Ella y yo, Paloma conmigo ahí, bajo el árbol, como tantas veces. Alegre, risueña, llena de vida. Deliciosa y espléndida.

 
La paloma resolvió subir peldaño a peldaño la escalera de piedra que llevaba a otra altura del parque y desapareció de mi vista dulcemente.
Pero Paloma no, permanece absoluta y eterna...mi sobrina del alma.

 En la foto es otra paloma...saliendo tras la lluvia.
 

jueves, 28 de abril de 2016

Praiano de Nápoles

 Salimos de la ciudad camino de la costa en taxi,  pues preferimos condujera un experto en curvas italianas (que no las de la Loren) e hicimos muy bien, porque,  además de disfrutar tan panchos  los dos de un  paisaje alucinante  en medio de una conducción de riesgo, dimos con un tipo encantador, Josepe, un taxista amante de su oficio, charlador y cantarín,  napolitano, con el que acabé cantando a dúo napolitanas. Cuatro hijos...pegado al volante porque había que mantener una familia ya con nietos. El hijo mayor taxista y la hija casada con un director de banco-lo dijo bien ufano- pero los dos más chicos en paro le traían preocupado. 
 La riqueza del sur está  en que las penas se quitan a base de disfrutar de la vida en lo que nos va dando, y daba un día espléndido con dos turistas bien majos. Hablaba y hablaba Josepe con ese acento marcado y esos gestos de vez en cuando. Quedamos en que volvería a buscarnos.

Y llegamos a un hotel de los setenta, renovado y a punto, con el encanto de su jardín-en vertical, no hay más espacio- y las delicias de  aquellas balconadas enormes sobre el mar y el  acantilado, con aquellas mesitas blancas de manteles a flores delicadas y alegres y aquellas tumbonas y sillas, donde desayunábamos pensando que nunca lo habíamos hecho en un lugar tan mágico.
Estar en la habitación era ver y ver el mar y las barquillas, pocas, diminutas, allá abajo dejando vagar la vista hacia arriba entre los riscos, más arriba aún... a un cielo azul alto, muy alto. 

 Hotel la Perla... ¿por dónde llegar al pueblo de Praiano? El primer día subimos jardín arriba, muy empinado, despacio... y era tal la envergadura entre huertecillos chicos, casas colgadas, pocas, árboles y vegetación encantadora...que decidimos desandar lo andado y vimos que de un recodo del hotel mismo salía una calle, estrecha y  totuosa... pero bella. Salía en realidad un pasillo entre sol y sombra y por él tiramos. ¡Cuál no sería la sorpresa cuando vimos que en esta zona no hay metros, sino escalones para medir los pasos!....¡menos mal que cantaba el ruiseñor por los rincones del aquel laberinto greco-romano!

Pero allí nada es un problema, pues todo se amansa sin darle mayor importancia. Uno se acopla y tira...y todo pasa. Lo importante es no amargarse, sino tirar de la vida, tirar de tu propia sangre y alegrarse.
Eso hicimos y al poco tiempo cabalgábamos por donde hiciera falta  sin reparo alguno y tan contentos. 
Del pueblo su iglesia, la más alegre que he conocido...y el espacio inmenso que rodea su plaza. Y la gracia de los sencillos y bien abastecidos restaurantes, colgados entre los riscos, sobre las rocas, bajo los limoneros muchos y mirando al mar todos. Se vive  de cara al mar, al mar napolitano...a un mar Tirreno...de tierra, digo yo, porque esta gente vive ahí metida como en un milagro.

Cuando vino Josepe a buscarnos nos dio pena marcharnos. No siempre nos ha pasado...y es que en Nápoles hay mucha verdad profunda. Queda aún rescoldo humano.

miércoles, 27 de abril de 2016

La costa de Nápoles es la Amalfitana porque su capital es el pueblo de Amalfi, justo en el centro de una sierra enorme abocada al mar entre un despeñaperros de rocas grises, volcánicas y  algo vesubianas. Llegas a él recorriendo una carretera difícil de curvas concatenadas, que todos transitan con calma entre expertos conductores de autocares de línea, turísticos, taxis y coches particulares y muchas, muchísimas motos y sobre todo vespas. Vespas alegres que parece vuelen entre curva y curva.
Después de discurrir por  la carretera como una serpiente más-o como una de sus miles de lagartijas que apuran el día con su larga cola arriba y abajo- aparece ante ti Amalfi , con una de las pocas playas bañables que ese inóspito litoral pare.
Aparece digo, Amalfi, porque es una aparición ver en medio de tan poco espacio y entre tanta gente un lugar tan delicioso allí anclado como si nada pasase. Amalfi la bella contrasta con la aspereza natural de su costa y se abre alegre y confiada como si tal cosa con ella no fuera, ofreciéndote  un breve paseo entre terrazas al sol y turistas, todo turistas casi, que sonriendo miran el mar como si eso fuera lo más de lo más y ya está. Un mar calmo y acogedor de un Amalfi señor, que te invita a pasar para estar.
Y pasas, subes y bajas, calles arriba...calles abajo, casas colgadas, árboles mediterráneos, pequeños jardines, iglesias, conventos y una Catedral bizantina de tomo y lomo, inesperada y sublime, como no podía ser menos..con su claustro tan puro y auténtico, blanco, blanco y blancos sus muros altos.
 Allí escuchas el rumor de Grecia y sube desde lejos clamando Marruecos harto, sientes ahí la angustia de Túnez...y hasta nuestro estrecho se hace más tenso y más la largo.
 Catedral de todos los pueblos  del Mediterráneo.