martes, 17 de enero de 2017

El frio de invierno

El frio nos detiene haciéndonos sentir más dentro y con más calma, diciéndote que es mejor no mover nada, dejarlo en paz, dejarte.
Estar y estar en casa.

El cuerpo se repliega y busca el calor del sol lejos del viento. Las plantas, los árboles...todo se aquieta y habla de esta estación que entrega el gusto del no hacer. Se baja el ritmo, se aquietan las palabras...reflexionas tal vez con calma sin darle a nada mucha importancia.

La respiración baja. Descansa.
Un caldo, esa sopa, un potaje, algo que temple y rehaga.

jueves, 15 de diciembre de 2016

El Hogar

Estoy en casa muchas horas desde hace unos años y siento un entrañable arrobo  al sentirme  bien en ella. He tenido muchas casas y en diferentes zonas, pero la sensación de placidez en torno al sofá -sea éste o aquél- sigue siendo siempre la misma. Me enamora.

El tono armonioso del color, las telas, los cojines, cuatro cosas...un recuerdo sencillo de algún viaje o quizá un dibujo. Esa alfombra bajo la luz vedada aquí y allá, alguna foto, alguna vela...suena una música...y el fondo inmenso y ancho del espacio afuera, en la distancia...lejos y a ratos también muy cerca. Las nubes, el cielo, alguna planta, la flor que cae y cae discreta. La noche y sus estrellas y en la quietud la nueva luz del día, que despierta.





  Todo encaja en un mundo propio, dulce, amigo, acogedor y bello, que me lleva a sentirme bien conmigo en medio.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

SUEÑO DE AMOR. Francia y Alsacia

Viajar por Francia es un sueño, pues siempre la idealicé. Soy francófila de adopción y muy poco anglosajona, una lástima, porque Inglaterra tira...y Escocia es deliciosa, pero me educaron mirando a Francia y hasta ahora eso funciona. 

Este último viaje a Lyon, Colmar-corazón de Alsacia- y Estrasburgo ha supuesto un baño de ilusión. Estar en ciudades bañadas de ríos  caudalosos, enormes, colmados de espacios, de árboles a lo largo de sus márgenes, de paseos escuchando ese acento gutural y saltarín, amable del francés de calle y poder hablarlo algo mejor, encontrar breves diálogos, mezclarse en sus ritmos, su estilo de vida y  entre esa suave elegancia que sabe ser a la vez contenida y exacta...además de  expresiva...a mí me llena.

Y entonces vivo mi sueño, un sueño de amor a esa tierra que sabe cuidar de sí misma. Pueblos bellísimos, calmos, colmados de diferente riqueza. Pueblos cuidados con sus casas sencillas de colores vivos unos, otros dulces y apagados, desvaídos.  Repletos de flores. Alegres y señoriales, simples y delicados. Pueblos amados.

Mi sueño consiste en creer que ese amor tan lleno de perfección es posible...hasta que sé que sólo es sueño y despierto a esta realidad del amor tal cual, imperfecto y a veces solitario, apresurado, fugaz, oculta su belleza tras un velo de incomprensió a ratos por falta de expresarse.

Y por eso escribo y hago fotos. Para destaparlo.









martes, 20 de septiembre de 2016

La sombra como reflexión

Todos conocemos gente amiga o incluso familia,  que a su paso por nuestra vida ha instalado la distancia  al sentirse herido por nosotros.
 Años compartidos, momentos agradables, amorosos, ayuda mutua, valoraciones varias, un cariño compartido, alegrías durante los años juntos no han sido suficientes como para frenar esa brecha, que en un momento dado lo invade todo y penetra en el alma como una sombra.
El corazón así se oscurece y pide tiempo, espacio.

Reflexiono sobre la luz que toda sombra tiene, sino no existiría, y me pregunto cómo entre gente que se quiere puede llegarse a esa situación de silencio amargo. Justo a quien queremos lo apartamos, de quien estamos unidos huimos, nos distanciamos.

Bien curioso...luchamos contra nosotros mismos.

Mi experiencia me dice que el amor -si lo hubo-  permanece pase lo que pase. La luz está. Somos nosotros los que nos posicionamos armados de juicios y razones para taparla y así ir más cómodos sufriendo menos.
Y nos  lo creemos, creemos que el otro nos ha dolido, ha errado, no se ha portado bien con nosotros.
En realidad habría que preguntarse a uno mismo el porqué me duele esto o aquello y concretamente con éste o aquél,  para ir así desentrañando nuestra maraña emocional poco a poco.

No son los otros los que nos duelen, sino el dolor que ocultamos dentro.


Antonio de Requena, acuarelista.

viernes, 2 de septiembre de 2016

Lo alto. Montañas de agosto

Este verano subimos alto: Pirineos de Aragón y al final de mes, Moncayo. 

Cierro los ojos y puedo oler la altura de los baños de Panticosa, el pasto, las matas, las flores, los árboles...el agua por todos lados. Una sensación que me llevaba a mi adolescencia cuando acompañaba a mi padre a analizar las aguas de Bohí en Lleida. Alturas desconocidas entonces.

Ahora, después de caminar el Pirineo catalán con un grupo de universitarios durante la carrera, a lomos tiendas y mochilas de entonces con  peso pesado, y tras viajar luego otros años  en coche por recovecos llenos de frescor y encanto, puedo decir que conozco algo el sabor de esa altura, que este verano he probado
Recuerdo la subida al Aneto atravesando el fabuloso Parque Natural que le da paso. Dormir en el refugio de la Renclusa para atacarlo de madrugada y luego bajarlo por una pedrera enorme medio corriendo entre perros y niños, mientras te sentías en el cielo del mundo.
 También recuerdo, esto en otras salida de montaña de doce días de pico en pico desde Setcases hasta Aigüestortes, el momento en el que hube de atravesar la lengua de un glaciar...mientras el grupo me esperaba ya del otro lado. Unas simples chirucas, dieciocho kilos de peso a la espalda y muchas ganas de que aquello pasara. Y lo hice sin mirar abajo.




 Otros veranos arriba en lo alto,  las  nieblas inundaban de golpe  el espacio inmenso...los valles abajo, brújula en mano el grupo seguía al que iba en cabeza, callados, despacio. Luego, al montar las tiendas y meter los pies a remojo, la charla y comentarios eran un encanto.



 ¿Quién dijo miedo? Capaces de todo a los veinte años.

Y en éstas me vi en Panticosa, recordando tiempos...al dibujar la cascada que caía absoluta desde la altura. Cambiamos...¡y tanto! Ahora las sombras, las sillitas plegables frente al paisajes...y a pasar el rato.
Perdemos intensidad con los años, pero ganamos deleite, conciencia de estar donde estamos.

Cuando unas semanas más tarde me vi en el Moncayo, el placer de lo placentero y fácil me acompañó todo el rato. El trato entre amigos, la cordialidad y esas comidas tan ricas elaboradas a su ritmo en la cocina...el silencio de afuera y esos paseos al atardecer por diferentes caminos, al final siempre la montaña, señora y callada, ventosa y pacífica...quizá en el verano.
La casa, el pueblo, la gente tan maños..el ritmo despacio. Todo me empujaba a estar en lo alto, arriba, gozando.

Agosto de monte, amigo y hermano.

lunes, 25 de julio de 2016

Mi hogar también Mercadal.

Este verano sin comerlo ni beberlo me planté en Menorca  tres semanas. Era algo que cada año añoraba, pasar más tiempo en la isla.
Unos días antes de San Juan me dejé caer con mi amigo J. Antonio, amarrados al ancla de un barco y atracando en una madrugada de luna llena, limpia y espléndida, que coqueta saludaba a los cinco faros de sa illa.
Días de azul entre trigales y calas, pinedas, bosques de encinas, olivos y   el blanco espléndido de las casas. Dibujos de horizonte amplísimo de lomas chicas, dulces y redondas, acogedoras.

Pude además pasar sola una semana sin necesidad de más que el estar al ritmo de las horas

La casa chica, el patio, el pueblo diminuto y blanco, y sobre todo el campo. Salir a pasearlo y dejar caer el día degustándolo. Olor de brizna seca, amarilla de verano...el bosque cantado por los pájaros, a lo lejos ganado describiendo la dicha mientras iba mirándolo. Blancos de lomo los muros de piedras perennes de años. El rito del andar en silencio y a solas, sin más afán que el seguir caminando. Dejarse ir al fin, la mente quieta, el alma en paz.

 Agradeciendo estar ahí, sin más necesidad que sentir esa pura levedad del día que se va y tú con él...tomada por el viento suave y ese azul intenso, oscuro, que se funde con el montecillo en la raya de infinito.

martes, 31 de mayo de 2016

Bajo la lluvia

Empezaba a llover en el balcón de casa y justo he aprovechado para salir a la calle y darme una vuelta. Al cabo de poco he recalado en un parque junto a mi casa, La Tamarita. Allí he hallado el silencio y la calma...no había nadie, ni niños chillando y corriendo ni madres de charla, encantadas.

Todo era espacio, todo era el verdor de los árboles, la hierba y las plantas. Me metí al fondo y un camino de plátanos me acompañaba. La lluvia arreciaba, paraguas en ristre la sorteaba. Y en lo hondo, en el centro de una explanada, encontré un tilo, que estaba llenito de tila nueva  y mansa.
Sin pensarlo dos veces, cerré paraguas y me cobijé debajo. Pegaba fuerte encima el agua...pero ni una gota me entraba. Piaban los pájaros y de pronto apareció una paloma sola, que lentamente se me acercaba. Qué bien me caen las palomas.

Ella y yo solas y en silencio. Y me vino al alma mi sobrina Paloma, que murió hace años volando en parapente en los Alpes. Hoy es su aniversario, precisamente. Coincidencias, presencias, realidades para quien las ve y las vive.
Ella y yo, Paloma conmigo ahí, bajo el árbol, como tantas veces. Alegre, risueña, llena de vida. Deliciosa y espléndida.

 
La paloma resolvió subir peldaño a peldaño la escalera de piedra que llevaba a otra altura del parque y desapareció de mi vista dulcemente.
Pero Paloma no, permanece absoluta y eterna...mi sobrina del alma.

 En la foto es otra paloma...saliendo tras la lluvia.